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Triple frontera

La cuarta película de J.C. Chandor es una buddy movie de disparos y huidas con un regusto ochentero que no siempre es positivo: ¿o necesitábamos otra película de ex-marines huyendo de sudamericanos con machete?

Foto: Netflix
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Para ser una película que lleva por título una locación geográfica precisa —el rincón de Los Andes en donde la cordillera cruza al mismo tiempo Argentina, Paraguay y Brasil, de tal modo que algunas montañas pertenecen prácticamente a un país en cada ladera—, resulta desconcertante que a Triple frontera (Triple Frontier, 2019) le interese tan poco la región del mundo en el transcurre su acción. Tan poco, que a nadie parece importarle que la vigorosa secuencia de apertura, en donde un escuadrón de paramilitares fornidos emprende la caza de un villano sin rostro en las calles de una ciudad, esté filmada en locaciones reales de Bogotá sin que nunca, ni siquiera por accidente, seamos situados ni con un letrero en el lugar de la acción.

La fórmula, tan popular en los años ochenta, es la de “En algún lugar salvaje, húmedo y sobrepoblado al sur de Texas…”, para después levantar, con sudor, verdad (sic) y montaje frenético, un mundo en el que el grupo de protagonistas angloparlantes (militares retirados) tienen siempre más complejidad y empatía que los lugareños poco confiables (the locals) que solo parecen disponibles en dos tonalidades: los exóticos amables, que sudan mucho y son dicharacheros, o los taciturnos amenazantes: narcos imponentes o campesinos con machete en el cinturón.

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En este país sin nombre, pero con drogas es donde encontramos a Santiago Pope García (Oscar Isaac), un veterano de guerra de ascendencia hispana que ha encontrado como hobbie el asesorar a grupos policíacos latinoamericanos que, sin dar pie con bola en la lucha contra los zares de la droga, parecen requerir con urgencia de veteranos de Irak que les digan a dónde disparar. Pero el reverso de Pope es más trágico de lo que parece: cuando vuelve a casa, es uno de los muchos veteranos de guerra que apenas sobreviven sintiéndose abandonados por el gobierno que defendieron, con pensiones flacas y escasa seguridad social.

Por eso, Pope García reúne a una pandilla de exmilitares igual de melancólicos (Ben Affleck, Pedro Pascal, Charlie Hunnam y Garrett Hedlund) no para formar un grupo de striptease, que les sería bastante lucrativo, sino para sumarse a dar un “último golpe” en algún lugar cercano a los Andes. El plan es sencillo: llegar, disparar contra un jefe del narco llamado Lorea (Reynaldo Gallegos, actuando de mero mcguffin) y salir de ahí con un botín de hasta nueve dígitos que desquite lo que la historia les quedó a deber. Nada podría salir mal para este grupo, una versión “Men’s Health” de los Siete samurai, pero la fortuna, la codicia y el mal agüero les tiene preparadas las mismas malas sorpresas que a Humphrey Bogart en El tesoro de la Sierra Madre o a Arnold Schwarnzenegger en Depredador, por mencionar a otros dos célebres macho men a quienes el viaje a Sudamérica les salió bastante caro.

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Para remontar la ola de popularidad levantada por Narcos y Narcos: México, Netflix fichó un proyecto largamente archivado por el guionista Mark Boal (autor de The Hurt Locker y Zero Dark Thirty), que en 2010 fue aprobado para ser dirigido por Kathryn Bigelow, sin que este llegara a realizarse nunca. Para encender al fin la luz verde para la película, finalmente estrenada este mes en salas estadounidenses y una semana después en la plataforma de streaming en todo el mundo, Bigelow y Boal dieron un paso al lado, la primera como productora ejecutiva y el segundo como coguionista del efectivo J.C. Chandor, quien también tomó la batuta de la dirección.

Después de una carrera imbatible de solo tres títulos (el efectivo drama financiero Margin Call, más las dos mencionadas), Chandor estableció una reputación como un efectivo e intenso director de elencos provenientes del teatro, recreando de forma sutil e inteligente géneros americanos clásicos como el drama policiaco, el noir o el thriller de sobrevivencia. Su método de atmósferas eléctricas y elegantes, personajes con psicologías bien delineadas y emociones fuertes suelen traerle justas comparaciones con Sidney Lumet o con el primer Martin Scorsese.

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En Triple frontera, la primera película que dirige a partir de un guion de inspiración ajena, Chandor parece debatirse con angustia entre la oportunidad de hacer una película de adrenalina y camaradería masculina del género “toma el dinero y corre” y la tentación de trazar una parábola moral en torno a la avaricia como veneno que corroe los pilares de la amistad. Son dos películas distintas. El caso es que para la primera no necesitas a J.C. Chandor en la dirección y en la segunda, nadie necesita a Ben Affleck en plan marine, aunque no lo haga mal. Como resultado, Triple frontera es la película más débil o menos satisfactoria en la interesante filmografía de Chandor, al mismo tiempo que es una película de escapes, balazos y diálogos filosos que funciona aceptablemente bien, al menos si uno logra pasar por alto su avejentada testosterona yanqui –con regusto ochenteno, y no del mejor– así como su dudosa empatía con el tercer mundo que intenta retratar.

Triple frontera
Triple Frontier
Estados Unidos, 2019
Dir. J.C. Chandor
Con: Oscar Isaac, Ben Affleck, Pedro Pascal, Charlie Hunnam, Garett Hudland, Adria Arjona, Sheila Vand
Estreno en México: 13 de marzo, 2019 (Netflix)

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