REVIEW

Prometo no enamorarme

Se trata de una propuesta que se aventura con éxito en terrenos poco frecuentes en el cine nacional. Es elegante, bien calibrada y sabe echar mano de su pareja protagonista.

Foto: Sector Cine
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Por Sergio Huidobro | @sergiohuidobro

Una ciudad está hecha de las historias que alberga día a día. Algunas sobreviven a su fugacidad y, con el tiempo, se vuelven identidad; otras se hacen humo y quedan guardadas en las paredes o las sombras. Se vuelven fantasmas. Prometo no enamorarme, segundo largometraje del también productor Alejandro Sugich (siendo el primero la muy inferior, prescindible Casi treinta, de 2014), es un largo paso adelante en su habilidad para narrar y dibujar el interior de sus protagonistas.

Película mínima, discreta y silenciosa, filmada en apenas doce días con una cantidad importante de planos secuencia, Prometo no enamorarme fue llamada Julieta durante su producción y Helena en su paso por festivales, para finalmente debutar en la cartelera comercial con un título más complaciente, adolescente y meloso que el misterioso laconismo de los títulos previos, que en el recuerdo la emparentaba con ese nutrido linaje de dramas con nombre de mujer: Rebeca, Laura, Ida, Gertrud, Gloria, Carol, Viridiana…

La premisa es más anécdota que argumento: en la fuente de una plazuela mexicana, coinciden un joven que graba sonidos (Alfonso Dosal) y una mujer a punto de romper en llanto (Natalia Varela); él es un dj que utiliza sonidos ambientales para samplear; ella, una chelista española a quien acaban de dejar plantada. Al día siguiente, a esa misma hora, siguen juntos, y se acerca la hora de tomar una decisión: continuar el encuentro de ahí a la eternidad o clausurarlo todo como un momentum fugaz, una travesura al aire que ni siquiera llegó a consumarse.

En el aire pesan dos influencias, imposibles de evadir para quien las conozca, así sea de oídas: la novela corta de Dostoievski, Noches blancas (1848), que cuenta lo mismo que la película de Sugich en un lapso más amplio de cuatro encuentros, y la trilogía Antes (1995 – 2013) de Richard Linklater, con Ethan Hawke y Julie Delpy en la piel de personajes más que emparentados con los de Varela y Dosal. Afortunadamente, el guión escrito en varias etapas por Silvia Jiménez, Juliana Nanti y David Villegas (a partir de la sugerencia dostoievskeana del productor Gastón Pavlovich) tiene cuidado en adoptar sus modelos sin imitarlos en exceso, tomando de ellos lo que les sirve.

Es cierto: a Prometo no enamorarme no le faltan errores, tropezones en el desarrollo, algunos diálogos de cartón, ambiciones de promoción turística, tuercas que rechinan en el arco dramático de sus personajes y le va mal un final que se quiere inesperado, pero que resulta anticlimático. Pero es, al mismo tiempo (y al fin) una propuesta que se aventura con éxito en terrenos, tanto formales como argumentales y atmosféricos, que son poco frecuentes en el panorama de nuestro cine industrial. Es una película elegante, silenciosa, bien calibrada, con sentido del ritmo y los ambientes, que sabe echar mano de su pareja protagonista y no tiene miedo de construir secuencias enteras basadas, casi exclusivamente, en la charla de dos que caminan.

Prometo no enamorarme

(México, 2018, 88 minutos)

Director: Alejandro Sugich (Casi treinta)

Con: Alfonso Dosal, Natalia Varela, Alfonso André y Pedro de Tavira

 

 

 

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