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El club de los cinco

Es difícil encontrar otra película estadounidense de industria que dibuje una vida estudiantil creíble, empática y realista con el tono adecuado y la inteligencia necesaria para trastocar los estereotipos habituales.

Foto: Universal Pictures
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Por El club de los cinco crítica El club de los cinco crítica El club de los cinco crítica El club de los cinco crítica

Una vida regular puede atravesar varias etapas y varios grados de tragedia: una guerra, divorcio, enfermedades, una pandemia global. Pero ninguno deja cicatrices más duraderas que una secundaria en la que no se encaja. Vista hacia atrás, sus problemas y baches parecen el lamento ingenuo de alguien a quien le falta mucho por vivir, pero mientras se viven en carne propia, los dramas de adolescencia son el centro del mundo y la medida de todo lo demás.

Si a 35 años de distancia, El club de los cinco (The Breakfast Club, 1985) es capaz de seguir hablando de la pubertad de cualquier occidental de clase media (incluso si son veinte años más jóvenes que la película) es por la amplitud de su empatía para examinar la cabeza de cinco quinceañeros sin juzgarlos ni describirlos desde la mirada adulta. John Hughes tenía 35 años al momento de dirigirla y ya había firmado dos películas antes que esta, pero su entendimiento de la pubertad seguía siendo fresco y rebelde.

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El guion llevaba varios años en un cajón, reescribiéndose en diferentes tratamientos, y no tuvo una versión final hasta que encontró a sus cinco cómplices, que vaciaron sobre el libreto de Hughes sus propias personalidades. El club de los cinco, en realidad, lo formaron seis personas, aunque una de ellas se acercara a los cuarenta.

En las casi tres décadas que van de The Breakfast Club a Las ventajas de ser invisible (The Perks of Being a Wallflower, 2012) es difícil encontrar otra película estadounidense de industria que dibuje una vida estudiantil creíble, empática y realista con el tono adecuado y la inteligencia necesaria para trastocar los estereotipos habituales: la gótica (Ally Sheedy), el nerd (Anthony Michael Hall), el atleta (Emilio Estévez), el grunge (Judd Nelson), la fresa (Molly Ringwald). Su secreto está en abordarlos como psicologías verdaderas y no como moldes para recortar.

No es que El club de los cinco haya estado sola en el cine americano de estos 35 años. Películas relevantes y valiosas, aunque sea por motivos tan distintos como Elefante (Elephant, 2003) o Chicas pesadas (Mean Girls, 2004) han hecho lo suyo para presentar a las secundarias más allá de los clichés. Sin embargo, mientras la cinta de Gus Van Sant busca la mirada de una audiencia sofisticada o politizada y Mean Girls subraya la sátira con habilidad, El club de los cinco sigue destacando como una comedia popular y realista que llama a una audiencia amplia y genérica sin insultar la inteligencia de su audiencia ni de sus personajes.

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Filmada por completo al interior de una secundaria privada de Chicago, El club de los cinco puede verse hoy como un divertida variante de El ángel exterminador (1962) en la que los burgueses ensimismados de Luis Buñuel son sustituidos por las adolescencias retraídas y atribuladas que se gestaron en los EUA de Ronald Reagan.

La tensa relación que intuimos entre los cinco protagonistas y sus padres son casi un antecedente de las adolescencias grunge que estallarían en la cultura juvenil en los años siguientes, y cuyo primer grito de auxilio fue cambiar a Blondie por Pixies y a los Pet Shop Boys por Kurt Cobain. Si en el encerrón de Buñuel los sonidos finales del exterior son las balas de una guerra civil, en la de Hughes vienen con un puño en alto y el guitarrazo inicial de “Don’t You (Forget About Me)“, de Simple Minds.

Aunque en el cosmos encapsulado de Hughes no hay nada que se parezca a un comentario político, la huida de la pandilla sí es una búsqueda de libertad y de identidad que pone en jaque a las figuras institucionales, en este caso al celador del encierro, el Profesor Richard Vernon (Paul Gleason). El mismo tópico sería ampliado por Hughes en su siguiente película, Un experto en diversiones (Ferris Bueller’s Day Off, 1986), que tiene más gags y locaciones más amplias, pero fracasa en reproducir la frescura y el fino balance tragicómico de El club de los cinco.

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+ Lo mejor: Pocas películas con una puesta en escena teatral logran exprimir tanto de sus locaciones, a través de ángulos de cámara sencillos pero fluidos y un montaje inteligente, basado casi por completo en la gestualidad y reacciones físicas de los personajes. No importa cuántas veces la hayas visto en televisión, poner atención a esto es como verla por primera vez.

– Lo peor: Un aspecto que no ha envejecido del todo bien es la conclusión de Allison, el personaje de Ally Sheedy. Mientras los otros cuatro emergen del castigo sabatino con una identidad liberada, el paso de ella del negro dark al rosa pastel —cualquier miércoles podría sentarse con Regina George— parece justo lo contrario. Es un aspecto discutible que incluso Diablo Cody, guionista de Juno: Crecer, correr y tropezar (Juno, 2007), señaló como “traición a la causa” en una entrevista.

? Dato curioso: Dada la buena respuesta en taquilla, Universal planteó iniciar una franquicia con secuelas que reunieran periódicamente a los personajes. El modelo de franquicia era el más habitual en el Hollywood de los ochenta pero, afortunadamente, Hughes se negó a ceder a sus personajes y dejó su futuro en nuestra imaginación.

El club de los cinco
The Breakfast Club
Estados Unidos, 1985
Dir. John Hughes
con Emilio Estévez, Molly Ringwald, Ally Sheddy, Anthony Michael Hall, Judd Nelson
Estreno en México: 14 de febrero, 1985 (cines); 10 de abril, 2020 (Netflix)

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