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Esta es la historia de la primera película mexicana en ser completamente censurada

La Mancha de Sangre fue una de las leyendas urbanas del cine; perdida y reencontrada hasta mediados de los noventa

Foto: Escena de La Mancha de Sangre
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A la par que la industria cinematográfica del Cine de Oro despegara y se constituyera con fuerza con sus estereotipos del melodrama ranchero y el cine de la Revolución, el cine erótico también tuvo sus primero pininos, aunque no gozó del mismo éxito como el del cine que enaltecía los valores políticos de esa época. 

Santa (1931), pero sobre todo, La Mancha De Sangre (1937), fueron los primeros esfuerzos por mostrar la “liberación de la carne y la sensualidad”, como los llama Rafael Aviña –crítico de cine e investigador de la Cineteca Nacional y la Filmoteca de la UNAM– en su libro “Con D de deseo…  destape, erotismo y sexo en el cine mexicano”.

La última película estuvo rodeada de un halo de misterio durante décadas, pues no fue estrenada en 1937, cuando se completó, sino hasta seis años después por la gran censura de la época. En un cabaret llamado “La Mancha de Sangre”, un nombre bastante ecléctico y siniestro al mismo tiempo, Stella Inda trabaja como fichera y prostituta. La realidad del tugurio no es tan sórdida como nos lo podríamos imaginar. 

A diferencia de Salón México (1949), estrenada unos años más tarde, en donde la vida nocturna se satanizó con la inmortal actuación de Marga López, como una mujer abnegada y trabajadora que intentaba conseguir el dinero suficiente para pagar el internado en el que estaba su hermana, en La Mancha de Sangre, las prostitutas del cabaret portan el poder de su sexualidad, aparecen borrachas y no se molestan en tomar a varios hombres como amantes, y en “castigarlos” cuando lo creen necesario. La sexualidad y el trabajo femenino no está justificado, solo se retrata de manera honesta. 

Póster de La Mancha de Sangre

 

La cinta además muestra el primer desnudo femenino. Una de las actrices se quita el vestido sensualmente y solo con una tela traslúcida y un increíble juego de luces y sombras baila al compás de las carcajadas y las miradas impávidas de los espectadores masculinos. 

La película desapareció misteriosamente después de su estreno y no se recuperó hasta mediados de los noventa, cuando apareció incompleta en una bodega que guardaba chatarra en los Estudios Churubusco

En el tiempo en el que se filmó la cinta existía un código de recomendaciones impuestas por la Legión Mexicana de la Decencia impulsada por los Caballeros de Colón, un grupo ultraconservador que presionaba y denunciaba directamente las películas escandalosas ante el departamento de censura. Durante más de 10 años, entre 1946 y 1958, esta organización hizo más denuncias. 

Escena de la película La Mancha de Sangre

En el reglamento se estipulaban órdenes como las siguientes:

“Está prohibido cualquier movimiento oscilatorio de senos, así como el contoneo del cuerpo sin mover los pies. Se debe renunciar a las escenas que contengan desnudez y la semidesnudez sólo se permitirá siempre que sea esencial a la trama y en tal caso la actitud y postura mostrada deberá ser discreta y artística”.

El uso de licor en las representaciones cinematográficas también estaba bastante regulado: “Se prohibía también mostrar al hombre intentando desvestir a la mujer o usar el licor como eficaz ayuda para los apocados o consuelo para los decepcionados. El licor siempre se tendría que presentar mostrando consecuencias nefastas para el borracho”, aclara Aviña.

 

La otra cara del Cine de Oro

Cuando se escucha “Cine de Oro” en México las imágenes que regularmente vienen a nuestra mente son las de un mariachi cantando al pie de una ventana novohispana, paisajes campiranos que muestran las bondades de la topología nacional; quizá algunos otros pensemos en rostros como el de María Félix, Pedro Infante o Dolores del Río, pero lo que pocos saben es que la industria cinematográfica mexicana, en un principio, necesariamente no enaltecía la imagen de México, sino que mostraba su cara más realista y descarnada.

Escena de la película Enamorada

 

La censura, explica Aviña, “nació casi en paralelo al cine para reprobar aquello que no podían explicar y entender los limitados cerebros de los censores”. Aprobado por Victoriano Huerta, en 1913, en ese entonces presidente de México, se dio a conocer el primer reglamento de cinematógrafos para controlar los contenidos de las películas con el fin de que las autoridades del momento pudieran mantener en buen estado la moral de la época.  

Con ese reglamento, el gobierno tenía la autoridad para suspender la exhibición de películas que contuvieran “ataques a las autoridades, a las buenas costumbres y al orden público”, asegura Aviña. Poco tiempo después, en 1919, sería el turno de Venustiano Carranza, quien designó el Reglamento de Censura Cinematográfica en el cual prohibió de manera rotunda el mal uso de los símbolos patrios y la denigración de la imagen de México. El cine tenía expresamente prohibido retratar las realidades de las atrocidades de la Revolución Mexicana y de los estragos que dejó a su paso con el tiempo. 

Ladrones, borrachos, analfabetas y prostitutas estaban dentro del reglamento como algunos de los personajes prohibidos para aparecer en pantalla. Pero en contra de todo pronóstico, y quizá por la dura censura, se crearon durante la década de los treinta las primeras historias que definirían al cine erótico mexicano. 

Este fue el caso de La Mancha de Sangre, la cual no fue borrada del todo y gracias a ella podemos apreciar hasta el día de hoy, los esfuerzos cinematográficos que buscaron narrativas que ante nuestros ojos parecen muy adelantadas a su propia época, pero en realidad solo buscaron reflejar las realidades de un México que se intentó suprimir y ocultar durante décadas.  

 

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