OPINIóN

¿Por qué terminó la Época de Oro del cine mexicano?

Son varias crisis las que influyeron en el declive de esta era tan importante del cine, que aún nos permite reconocernos como país

Foto: Ultramar Films
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A mediados de los años 30, se rodarían en los estudios CLASA dos películas que cambiaron el rumbo del cine mexicano, Allá en el Rancho Grande (1936) y Vámonos con Pancho Villa (1936).

Estas historias llegaron a los barrios en un momento en el que el cine –junto con la radio– era el único entretenimiento para la gente y así empezó la Época de Oro del cine mexicano, que por dos décadas se convertiría en una de las industrias más importantes en el país.

Por años, grandes luminarias como María Félix, Dolores del Río, Pedro Infante y Jorge Negrete, conquistaron la pantalla con personajes que pretendían reflejar la vida cotidiana de los mexicanos, sin embargo, esta etapa eventualmente llegaría a su fin.

Son varios los factores que influyeron en el declive del Cine de Oro, pero para entenderlo mejor, tenemos que empezar analizando el contexto que, en primer lugar, permitió el auge de estas producciones.

 

“Tuvo mucho que ver que la producción cinematográfica de Hollywood –que tradicionalmente había dominado los mercados de América Latina– puso por completo el foco en las películas de guerra y los públicos de países latinoamericanos veían muy de lejos la guerra; entonces, era una gran oportunidad para que el cine se produjera de manera masiva”, explicó Hugo Villa, Director General de Actividades Cinematográficas de la Filmoteca UNAM, en entrevista con SECTOR CINE.

Al mismo tiempo, el régimen revolucionario reconoció este momento como una oportunidad para revisitar la historia y crear una epopeya nacional a través de la industria del entretenimiento, lo cual definió mucho de lo que se contaba en los filmes de la época.

“Es un período muy relevante en la construcción de un invento, un invento civilizador e igualador. Era la construcción del México urbano y por supuesto, un México donde se glorifica la pobreza, la hacen aceptable y transitable porque se canta, se silba y se vive bien agusto comiendo taquito de tripa –que sí se vive bien agusto comiendo taquitos de tripa, soy testigo de ello– pero evidentemente dejaban fuera muchos temas”, detalló Villa.

Aunque las representaciones cinematográficas del pueblo mexicano estaban lejos de ser realistas, había algo aspiracional en estos filmes y por años, los ídolos del momento hicieron a la gente reír, llorar, cantar y enamorarse del cine. 

 

El declive

La gran expansión del cine mexicano no seguiría al alza, pues de acuerdo al Director de la Filmoteca UNAM, la producción cinematográfica nacional se volvió insostenible en el lado comercial y esto provocó una fuerte crisis en varios aspectos. 

“No era una industria que se hubiera preocupado mucho –en tanto que tenían un mercado más o menos asegurado– por mejorar, prueba de ello es que en el siguiente paso de las imágenes en movimiento, que es la televisión, se usa el mismo canon de construcción que viene desde la carpa”, mencionó.

Además, el cierre de los estudios y la falta de disposición de la sección de directores del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica (STPC) por fomentar el surgimiento de nuevos cineastas, hizo que la industria fuera perdiendo relevancia. 

“A mediados de los 50 empieza un declive terrible, cosa rara, las grandes obras de Buñuel ya están inscritas en el declive del cine mexicano, yo creo que en parte se notan también porque justo el cine ya necesitaba romperse y si hay alguien rompedor y estilísticamente muy potente en el cine mexicano es, sin duda, el maestro aragonés adoptado mexicano”, dijo Villa. 

 

Los disruptores

Son pocos los que se atrevieron a salirse de las narrativas tradicionales y, cerca del fin en la Época de Oro, algunos filmes aportaron al rompimiento del cine como se conocía, entre ellos destacan Del Brazo y Por la Calle (1956), Días de Otoño (1953) y Los Olvidados (1950)

“El sainete que se arma alrededor de Los Olvidados pinta muy claramente el país que éramos, y cómo esa construcción del país teóricamente ‘armónico’ era una falacia y estaba montado más en el voluntarismo político que en la realidad”, enfatizó el también productor. 

Recordemos que cuando se estrenó la icónica película de Luis Buñuel, la crítica y la audiencia estaban sumamente indignados por la forma en la que el director retrató a la juventud marginada de la Ciudad de México.

De hecho, Jorge Negrete, quien era el presidente del sindicato en ese entonces, amenazó con quemar todas las copias de la película y también estaba dispuesto a expulsar a Buñuel de México. 

La gran recepción que tuvo en Cannes en 1951 finalmente calmó la ira de los mexicanos, pero sin duda es un reflejo de la forma en la que se percibía al cine en ese tiempo, pues según Villa, “son los grandes genios los que hacen ese rompimiento, el país todavía sobrevive yéndose hacia el cine masivo americano, que es muy poco confrontacional”.

 

Un legado que permanece

Para los primeros años de la década de los 60, el cine nacional ya no tenía la calidad técnica que tuvo el mejor cine que fotografió Figueroa o el que dirigieron Emilio Fernández o Gavaldón, con algunas excepciones. Tampoco tenía el lado retador que la generación de los 70, Felipe Cazals, Paul Leduc y Arturo Ripstein, lograrían más adelante.

Sin embargo, el Cine de Oro sigue teniendo gran relevancia hoy en día, por supuesto, por la memoria, por los recuerdos, por esa canción de mariachi que nos sigue enchinando la piel; pero también por lo que podemos aprender de México y sus cineastas a través de esta era. 

“Podemos reconocernos mucho, sabiendo que lo que está ahí es una ficción, pero la ficción también te dice quiénes están detrás de eso. La construcción de modelos imprecisos –por ejemplo, mucho del cine de Cantinflas– también te dice mucho de la realidad que no quisieron enseñar, que no quisieron enfrentar, de eso se puede aprender mucho”, concluyó Villa. 

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