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María Félix y el beso más escandaloso del cine mexicano

En esta primera parte, te contamos cómo el Cine de Oro Mexicano desafió a la moral cristiana de su tiempo

Foto: María Félix por Mondadori via Getty Images
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La culpa no siempre recae en el ojo que desea, sino en el cuerpo cuya belleza es admirada con las más peligrosas intenciones. Un crimen convirtió a un tramo de la carretera de Toluca en el espectáculo nocturno que escandalizó a la Ciudad de México a finales de los años cuarenta.

El rechinar de las llantas apenas se distinguió entre los disparos de las cámaras fotográficas que no buscaban retratar lo sublime de la noche, sino los fragmentos de mármol que, dispersos en el concreto, asemejaron el cielo estrellado.

En la escena del crimen yacían los fragmentos de una escultura de mármol que era diferente a cualquier otra efigie, pues se trataba de un desnudo de la estrella de cine: María Félix.

En otra urbe, hubiera sido imposible adivinar los motivos de esta fechoría —¿por qué razón alguien se robaría y destruiría la escultura de una mujer desnuda?—, pero tratándose de la Ciudad de México en la que, bajo las órdenes del presidente Miguel Alemán Valdés, se llevaba a cabo una política de limpieza moral, la palabra “desnuda” se convirtió en una de las principales pistas.

Culpabilizar a los sectores más desprotegidos siempre ha sido una de las salidas más sencillas para explicar los niveles de criminalidad en una metrópoli. De acuerdo con Gabriela Pulido Llano en El mapa “rojo” del pecado, entre 1940 y 1950 se llevó a cabo en la Ciudad de México una especie de “campaña de higiene moral”.

Esta campaña consistía en borrar del mapa todos los salones de baile, cabarets y antros a los que acudían las personas con menos recursos económicos. Mientras estos sitios de “mala muerte” eran clausurados con el pretexto de la modernización urbana, las personas adineradas invertían en sus propios centros nocturnos; así surgieron sitios como El Patio, ubicado en Atenas 109, o La Fuente en Insurgentes 890.

En esta ciudad en la que lo prosaico y lo puro se debatían a duelo, se estrenó en el cine Chapultepec la cinta La Diosa Arrodillada (1947), dirigida por Roberto Gavaldón y protagonizada por María Félix y Arturo de Córdova. 

El filme retrata la historia de dos amantes cuya pasión danza al mismo ritmo que la muerte: Antonio Ituarte (Arturo de Córdova) es un ingeniero que ya entregó su vida al matrimonio con Elena (Rosario Granados); no obstante, su amor pertenece a otra mujer, una modelo y bailarina de cabarets: Raquel Serrano (María Félix). 

Raquel y Antonio viven su romance a escondidas en Guadalajara, lejos de la Ciudad de México en la que Elena, con una salud delicada, espera a su esposo en lo cálido del hogar. Y todo parece fluir de maravilla hasta que las reflexiones de Antonio se iluminan con la luz de una publicidad que alcanza a observar desde la ventana de su oficina: “Deseo, el perfume de los amantes”.

Antonio decide no volver a viajar a Guadalajara para regresar a los brazos de su esposa enferma, pero el destino es trágico e inevitable: Elena le pide a Antonio que coloquen una escultura similar a la Venus de Milo en la fuente de su casa y Antonio visita a un famoso escultor para cumplir este capricho, sin imaginar que, a quien encontraría al llegar al taller sería a su amante Raquel Serrano.

Al mirar el imponente desnudo de Raquel Serrano tallado en mármol, renace la llama de la pasión en el corazón de Antonio y, con un impulso bestial, decide comprar la escultura para colocarla en el centro de su hogar.

Elena, al observar a Antonio contemplando la escultura, entiende que está en presencia de la mujer que le ha arrebatado el amor de su esposo y es que ¿cómo competir con la belleza del mármol en la que no se detallan las imperfecciones del cuerpo humano: sin estrías, sin arrugas, sin vello corporal?

Incapaz de soportar la culpa y el deseo ferviente que le nace cada vez que mira a Raquel Serrano, Antonio, con una potencia feminicida, decide que una de ellas debe morir: los periódicos pronto anuncian la muerte de la esposa y, aunque la distancia separaba a los amantes, Raquel vuelve a los brazos de Antonio.

El desenlace es trágico, desde el primer reencuentro de los amantes, la muerte se anunciaba, pues Antonio trató de asfixiar a Raquel quien prefirió cerrar los ojos y quedarse junto a él para consumar su amor en uno de los besos más largos y escandalosos del cine mexicano.

Sí, lo escandaloso de estas escenas no son los pensamientos o intentos feminicidas de Antonio, sino los besos, la pasión, los desnudos, ¿cómo era posible que la cinematografía retratara los besos fervientes de los amantes y diera cámara a una mujer desnuda esculpida en mármol?

El misterio casi quedó resuelto: De acuerdo con Carlos Martínez Assad en La Ciudad de México que el cine nos dejó, durante el estreno de La Diosa Arrodillada, se decidió colocar esta escultura de María Félix en el lobby del cine Chapultepec.

Y como de lo femenino nace el deseo y no del pensamiento masculino que es capaz de arrebatar la vida cuando no obtiene lo que desea, la efigie de María Félix fue sustraída del cine para ser destrozada y abandonada en un tramo de la carretera de Toluca.

Para esta “campaña de higiene moral” que se llevaba a cabo en la Ciudad de México, destrozar un cuerpo femenino tallado en mármol estaba justificado. Pues, era una manera de demostrar cómo debía castigarse todo aquello que alimentara las bajas pasiones humanas.

Se dice, como en cualquier leyenda urbana, que la Liga de la Decencia fue la mente maestra de este crimen, pues calificó a La Diosa Arrodillada con la categoría C-2 (“prohibida por la moral cristiana”).

Pero como todo lo prohibido, esta cinta de María Félix se mantuvo en cartelera durante nueve semanas, a diferencia de Los Tres García que se estrenó al mismo tiempo y solo duró cuatro.

Y es que todo lo que se censura provoca un efecto contrario, y más que generar repudio, estimula el deseo; y no porque la justicia no interese, sino porque la “limpieza moral” no es para nada sinónimo de justicia.

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