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En esta esquina ¡El Santo!: a 103 años de su nacimiento recordamos al luchador mexicano

¡Actuarán de dos a tres escenas, sin límite de tiempo!… Aquí te contamos cómo su legado ayudó a que el género de luchadores fundara todo un fenómeno generacional

Foto: Póster, (aka SANTO EN EL MUSEO DE CERA), 1963. (Photo by LMPC via Getty Images)
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Hoy en día no es difícil asimilar que los luchadores pasen con tanta naturalidad de los encordados a los sets de grabación, y que incluso uno de ellos, Dwayne “La Roca” Johnson, “domine” Hollywood.

 

Sin embargo, antes de que la maquinaria hollywoodense encontrara a una de sus tantas minas de oro, el cine mexicano vio en estos entretenedores el potencial suficiente para convertirlos en ídolos de la pantalla durante la década de los 50.

 

Y uno de los más legendarios es sin duda, El Santo, a quien hoy celebramos por el 103 aniversario de su nacimiento. 

A menos de dos décadas de haberse creado la lucha libre en México, desde 1933, los luchadores extendían su popularidad, a mediados del siglo pasado, más allá de las catedrales luchísticas, ya se les veía en historietas, juegos de mesa y juguetes, entre otras cosas. 

 

La pantalla grande era el siguiente -y más obvio- paso.

 

Y es que por aquel entonces, el cine mexicano se daba el lujo de explorar cuanto género y temática le permitían sus posibilidades. La industria fílmica de Estados Unidos trataba de recobrar el aliento después de la falta de apoyo económico ocasionada por los gastos de la Segunda Guerra Mundial, y el cine del resto del mundo mostraba persistente interés en las temáticas bélicas, provocando que las producciones nacionales fueran bien aceptadas en el extranjero, gracias a su diversidad y calidad.

 

Dramas de época, comedias, cine musical y de rumberas, y hasta cine negro, fueron hechos con el distintivo sello mexicano. También había acercamientos al terror y la ciencia ficción, pero el director Chano Urueta, quien tenía experiencia en La Meca del Cine, se encargó de mostrar una nueva vertiente con La Bestia Magnífica (1952), cinta que mezclaba el drama con pequeñas dosis de acción y era estelarizada por las nuevas estrellas de la pantalla: los luchadores, por quienes sentía una profunda admiración.

El cineasta Fernando Cortés imitaría los pasos de su colega y le daría forma a El Luchador Fenómeno (1952), esta vez protagonizada por el comediante Adalberto Martínez “Resortes”, quien tenía que ponerse al “tú por tú” con algunos luchadores profesionales.

Un año después, René Cardona decidió dejar atrás la idea de los luchadores ficticios y recurrir a un ícono real para capitalizar la popularidad de la lucha libre profesional en pantalla: El Santo. 

 

No obstante, su cinta, El Enmascarado De Plata (1953), no se trataba sobre lucha libre, y era un actor quien retomaba la imagen y el nombre del gladiador para narrar las aventuras de El Enmascarado de la Plata y su compinche adolescente Pecas, un dúo que combatía al crimen.

Ese mismo año, el escritor y director Joselito Rodríguez presentó en pantalla al luchador ficticio Huracán Ramírez, un personaje que nació en el set de grabación, pero cobró tanta popularidad que pronto debutó en el encordado para convertirse en auténtica leyenda.

 

Su caso era algo sin precedentes, sin embargo, se mantenía la tendencia de que, hasta ese momento, ningún luchador profesional protagonizara una película.

 

Durante años, los actores fueron los encargados de personificar a los luchadores en pantalla, mientras que los deportistas no figuraban en las nóminas de las producciones.

 

Rodríguez decidió acabar con esta tendencia en 1958, cuando reclutó a El Santo (Rodolfo Guzmán Huerta, 1917-1982) para interpretarse a sí mismo en la película Santo Contra Cerebro del Mal, aunque no lo eligió como su protagonista, sino como un personaje secundario en la trama. Esto volvió a repetirse en otra de las cintas del cineasta Santo Contra Hombres Infernales.

 

Fue hasta 1961 cuando El Santo (Rodolfo Guzmán Huerta, 1917-1982) estelarizó su propia película: Santo contra los Zombis, en la que el Enmascarado de Plata se consolidó como un rompetaquillas, justo como sucedió con Pedro Infante y la dinastía Soler en la llamada época del Cine de Oro mexicano.

La fórmula que mezclaba la emoción del pancracio, sus llaves y sus lances, y los seres aterradores puestos de moda en Hollywood como los zombis, vampiros y licántropos, fue un éxito y se replicó durante años con grandes resultados.

 

Gracias a la popularidad de El Santo, no fue novedad ver a otros enmascarados debutar en el cine como Blue Demon, Mil Máscaras, Tinieblas y Rayo de Jalisco, entre otros, a veces como compinches, a veces como enemigos y también protagonizando sus propias aventuras a cuadro.

A la gente poco parecía importarle los bajos presupuestos que caracterizaban a estas cintas y los “trucos” y licencias que los cineastas se permitían para sus rodajes, ya que muchos aseguran que El Santo contra Blue Demon en la Atlántida (1970) fue filmada a través de una pecera para simular el mar. 

 

Lo que en verdad importaba era que el Santo y demás luchadores siguieran apareciendo en la pantalla enfrentando a seres fantásticos, incluso algunos inspirados en el imaginario nacional como sucedió en Santo Contra las Momias de Guanajuato (1972), en el que el ídolo se daba gusto repartiendo golpes a estos endemoniados seres del Bajío mexicano.

A pesar de los grandes resultados y de que rodar estas cintas era relativamente accesible, el cine de luchadores fue desgastándose debido a la consecuente falta de nuevas temáticas, a la creciente popularidad de otros géneros -como el de ficheras-  y al repunte de las superproducciones hollywoodenses en todo el mundo, incluyendo México.

La última aventura de El Santo en pantalla fue La Furia de los Karatecas (1982), en un intento por diversificar su filmografía, a pesar de su avanzada edad, y aprovechar el furor mundial que existía en esa época por las artes marciales. Nunca obtuvo los resultados esperados.

Pese a que una década después el cine de luchadores experimentó una especie de renacimiento con la aparición de nuevas estrellas de la lucha libre y empresas dedicadas a este tipo de espectáculos, especialmente la AAA y sus nuevas figuras: Octagón, Atlantis y Máscara Sagrada, ellos no lograron la misma repercusión que El Santo alcanzó, dejando en un hiato al género.

Aunque la “etapa final” del cine de luchadores pasó sin pena ni gloria, lo que es un hecho es que logró convertirse en un fenómeno generacional y un auténtico ícono de la cultura popular mexicana que hoy es reconocido y seguido con fervor dentro y fuera de México. 

 

Es cierto, El Santo jamás alcanzó el estatus de superestrella hollywoodense y nunca figuró como el actor mejor pagado del orbe mundial, sin embargo, ya quisiéramos ver a la Roca lograr lo que hizo el ídolo del ring.

 

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