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High Flying Bird

Steven Soderbergh, director ganador del Óscar y la Palma de Oro, logra un drama tenso, honesto y valiente usando solo un iPhone 8, un micrófono y menos de 2 mdd.

Por: Foto: Netflix 13. Feb. 2019
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Por Sergio Huidobro / @sergiohuidobro

Cuando una película promete revelar el reverso oscuro, pérfido y maloliente de la gran industria del deporte, no parece haber nada nuevo bajo el sol. Una lista larga de títulos de calidades muy distintas han luchado, y casi nunca ganado, esa misma batalla: Jerry Maguire: Amor y desafío (Jerry Maguire), The Fortune Cookie, Yo, Tonya (I,Tonya), Foxcatcher, La verdad oculta (Confussion) y prácticamente cada película de ambiente pugilista, desde Rocky hasta Bayoneta, pretende denunciar verdades que el periodismo ya ha puesto a la luz pública con mayor potencia y escasos resultados.

Por eso, se siente como un mérito el que High Flying Bird (2019) de Steven Soderbergh, logre una inmersión completa en las bambalinas y los pasillos del baloncesto profesional –en concreto, la liga mayor de la NBA–, haciéndonos partícipes de un mundo inexplorado regido por una competitividad brutal, lealtades disfrazadas y ética flexible en la que los verdaderos balones a encestar se cuentan no en puntos, sino en millones de dólares.

La cinta, estrenada este fin de semana en Netflix, cuenta en apenas 90 minutos la odisea de Dean (André Holland), un ejecutivo que representa a jugadores profesionales y que opera como mediador entre patrocinadores, los dueños económicos de los equipos (encarnados aquí por ese avatar de David Lynch llamado Kyle Mclachlan) y la asociación de jugadores, una especie de sindicato de lujo cuya representante lleva la cara de Sonja Sohn, la badass Teniente Gregg de The Wire.

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Los tres tratan de sacar partido de una coyuntura tensa: en Nueva York, una huelga de la industria que tiene detenido todo el flujo de capital (nadie está recibiendo ni siquiera medio millón de dólares) mientras ejecutivos y patrocinadores no accedan a darle a los jugadores una porción más justa del dinero que generan, así como una mayor libertad para manejar y explotar sus propias carreras, imagen e incluso redes sociales. Hay un matiz que nunca está puesto en palabras en la cinta, pero que resulta evidente para un observador atento: muchos de los dueños de equipos y altos ejecutivos de las marcas son blancos, mientras que los jugadores, brokers y representantes –muchos, al menos en esta ficción, surgidos de entornos desfavorecidos– son negros.

El diálogo es veloz, ácido y directo; es una mezcla de conversación banal, aforismos y cachetadas con guante blanco. Podría haber sido escrito por Aaron Sorkin, por Quentin Tarantino y por Billy Wilder a seis manos. Pero el aspecto más innovador de High Flying Bird está detrás de cámara. Fue grabada en menos de dos semanas (trece días), a espaldas de la industria con técnicas de cine guerrilla, utilizando las cámaras de algunos iPhone 8, iluminación natural, micrófonos discretos, algún steadycam y un par de drones. Es todo.

Los resultados son más que interesantes, pues la fluidez de su lenguaje visual, la naturalidad de los ambientes y la capacidad de los actores para darse réplica e improvisar le da a High Flying Bird una vitalidad difícil de conseguir en entornos de producción más elaborados, con luces aparatosas, calles cerradas y tráilers de vestuario. Hay más de una falla en la iluminación, en el uso de filtros y en la continuidad de los planos abiertos, pero nada de esto estorba la atención central, que está en un elenco de alto nivel y un guion de ritmo ejemplar.

Netflix

Como ha recordado Henry Barnes en The Guardian, la estrategia de Soderbergh para llevar a la pantalla este guion de Tarell Alvin McCraney (coguionista de Moonlight y autor de su obra teatral original) es curiosamente parecida a la que utiliza Dean (Holland) para poner en jaque al establishment de la industria del cine… perdón, del baloncesto. Soderbergh ya había intentado llevar a pantallas Moneyball: el juego de la fortuna (Moneyball), un drama altamente crítico con el ambiente deportivo. Sin embargo, igual que el protagonista de High Flying Bird, Soderbergh fue despedido de la producción tras entrar en varios conflictos con los mecenas. La película, con Brad Pitt en el estelar, fue terminada por Bennett Miller y nominada a seis Óscar, entre otros premios. Soderbergh debió irse de ahí pensando que las maquinarias del cine y del deporte profesional padecían vicios similares, pues con High Flying Bird parece haber tomado una revancha personal: la estrenó hace apenas dos semanas en el ultra-independiente Slamdance Festival que se lleva a cabo en Salt Lake City al mismo tiempo que Sundance, el festival ahora internacional que, de hecho, fue casa habitual para las películas de Soderbergh en el pasado.

Creador imposible de encasillar o predecir, ganó la Palma de Oro a los 26 años con su primera película (Sexo, mentiras y video en 1989) y desde entonces no se ha quedado quieto ni ha dejado de brincar entre géneros, ha librado durante treinta años un difícil matrimonio de amor y odio con productores, estudios, ejecutivos, grandes estrellas y con las taquillas. No es el único: en su misma generación, Mike Figgis, Richard Linklater y Jim Jarmusch han seguido el mismo patrón de hacerse de un nombre dos veces: la primera por su talento y la segunda por enemistarse con todo el mundo. La Escuela de Orson Welles para Cineastas Independientes.

Si en un mismo año Soderbergh hace dos películas hechas a la medida de los Óscar (Tráfico y Erin Brokovich, 2000), sus siguientes proyectos pueden ser un blockbuster de franquicia (La gran estafa, 2001); un bodrio con gran reparto (Full frontal: todo al descubierto, 2002) y luego un tributo a Andrei Tarkovsky (Solaris, 2002). Después de eso, lo que sea: epopeyas de izquierda (Ché I y II, 2008), epidemias globales (Contagio, 2011) o una comedia boba sobre strippers (Magic Mike, 2012).

Un proyecto como High Flying Bird es coherente con esta necesidad por reinventarse y camuflarse de formas drásticas en cada nuevo proyecto. Su siguiente película, vendida también a Netflix, es una producción grande y ambiciosa sobre los Panama Papers con Meryl Streep, Gary Oldman y Antonio Banderas. Quizá, otra vez, el director ya está en paz con los Óscar y está pensando en volver a caminar esa alfombra roja. Con Soderbergh el camaleón, nada se sabe.

High Flying Bird
Estados Unidos, 2019
Dirigida por: Steven Soderbergh
Con: André Holland, Melvin Gregg, Kyle Mclahan, Sonja Sohn, Zazie Beetz
Estreno en México: 8 de febrero, 2019 (Netflix)

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