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Ya vimos ‘Roma’, de Alfonso Cuarón y…

Por: Foto: Netflix 31. Ago. 2018
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Tuvimos la oportunidad de ver el filme que parece destinado a coronar la fiebre mexicana de los Óscares en la década reciente, y que se estrenará en Netflix en diciembre próximo.

Por Sergio Huidobro | @shuidobro

En un momento especialmente íntimo de Roma (Alfonso Cuarón, México, 2018), acompañamos a dos de sus personajes al interior de una sala de cine en el Centro Histórico de la Ciudad de México: un palacio con alfombra y columnas dóricas, con asientos en luneta y un aforo de más de tres mil butacas; un océano, comparado con una sala de centro comercial de nuestros días, cuya capacidad oscila entre 150 y 400 asientos.

En Roma, tanto el ángulo del cuadro (desde atrás de la sala) como la profundidad del lente dan idea precisa de la dimensión del lugar, pero también de las dinámicas humanas que cobijaban esos espacios: conversaciones en voz baja, señores solos con los brazos extendidos hacia las butacas contiguas (de ambos lados), familias consumiendo botanas que se trajeron de casa o cabezas que se movían de lado a lado, intentando leer subtítulos a través de las cabezas de las filas de adelante.

Viendo Roma por primera vez durante su función de prensa mexicana, llevada a cabo –con buen tino– en la colonia que le da título y a unas calles de su locación principal (una casa unifamiliar de clase media, de-las-de-antes), no pude dejar de pensar en la paradoja histórica, tecnológica y –según yo– fatal que ocasiona que una película como esta tenga como destino mayoritario el mercado de streaming, las pantallas de computadora, tableta, celular (¡auch!) o, en el mejor caso, la tele casera, con la experiencia de salas como segunda opción, un añadido de lujo, más efímero de lo que ya es o bien, como lo indica el tráiler con cierta ambigüedad, selecto.

No tengo autoridad alguna para reclamar a Alfonso Cuarón (faltaba más) ni a sus inversores el haber diseñado la estrategia de visibilidad, distribución y lanzamiento que ellos consideran mejor para su trabajo, tanto más si se trata, como creo, de una obra maestra en la que se han volcado no solo un complejo, largo y gigante proceso de producción, sino los aprendizajes y las esencias de toda una vida, una familia, una generación y, si me dejan exagerar, de toda una cultura.

Las razones para visibilizar a Roma a través de una plataforma digital son más sutiles, complicadas y poliédricas que un concurso de egos entre Netflix y el Festival de Cannes, o Venecia, o Morelia, o el que sea. Hablamos de una película con diálogos que alternan el español con el mixteco, que elabora metáforas potentes, voraces y plásticas sobre asuntos tan locales como el echeverrismo, el reinado de los Hank, los programas de Héctor Suárez o el silbido de los carritos de camote.

Participant Media

Es, también, un relato que se toma un tiempo inusitado –y brillante, eso sí– para situarnos en su tiempo y espacio, para meternos en la piel, los ritmos, las lentitudes y los detalles más nimios del México de finales de 1970 y mediados de 1971, el lapso que más o menos abarca su historia: el periodo de gestación de un embarazo que, en otra alegoría cuaronezca sobre vientres y maternidades, resulta más discreta, profunda y emotiva que las de Niños del hombre (2006) o Gravedad (2013). Al final, termina por hablar de dos partos simultáneos: el de un feto y el de una sociedad cansada de ser lo que llevaba mucho tiempo siendo.

En Roma, Cuarón lleva el pulso autoral más firme y seguro de su carrera hasta el momento, con la suficiente confianza estética y narrativa para que la película incluya un segmento breve de artes marciales y otro en donde un personaje canta (en serio) sin que el conjunto desentone en absoluto, es más: estos destellos de realidad enrarecida, ligeramente surreal, enriquecen, lo ahondan, le otorgan una integridad única, tan imposibles de imitar, confundir o tergiversar como los de Amarcord, Magnolia o La vía láctea.

Una película como la que acabo de describir, aun cuando la firme un autor con cuatro BAFTAs, dos Oscar, un Globo de oro y una Harry Potter en la alacena, está condenada a tener una vida limitada en salas, fuera del circuito de festivales. Decir cosas como “casi nadie la vería si no estuviera en Netflix” o “pasaría con poca gloria y aburriría a cualquiera en los malls de Oklahoma” quizá sean puras especulaciones conformistas que, de antemano, le dan la razón al mercado como única medida de las cosas. Pero tampoco les falta razón. Cuarón ha optado por un camino arriesgado y polémico para que esta, su película más desnuda, transparente y sui generis, esté al alcance de millones de sus posibles espectadores alrededor del mundo. Todavía no sabemos si funcionará o fue el paso correcto, pero ya está dado.

Participant Media

En fin. Volvamos a la sala de cine, que en la cinta guarda una relevancia tan palpable que, en las primeras dos ocasiones en las que nuestra mirada abandona la casa de la colonia Roma es, precisamente, para llevarnos al cine, un espacio que guarda, para la familia protagonista, una intimidad tan o más importante que la del hogar. Cuando uno termina de ver Roma, puede volver a recorrerla mentalmente para descubrir que, aunque no lo parecía a primera vista, es en esas breves secuencias transitorias en las que los personajes, de alguna forma, comienzan a cambiar el curso, en donde toman las riendas de su futuro. Así de importante fueron las idas al cine como núcleo social y como dinámica colectiva; en buena medida, la vida de la metrópoli se agitaba dentro y alrededor de esos mismos recintos a los que, hoy, Roma tiene el acceso casi negado.

Una vez que uno cae en cuenta de esto, se acrecienta la sensación de que ver esta película en una sala de cine es un regalo. Que, a causa de estas paradojas, sea un regalo asequible para una audiencia tan pequeña es algo que me provoca emociones encontradas. Mientras esas escenas en Roma resucitan (pues es hacen, más que meramente evocar) el pasado perdido de las salas y de la ciudad ya perdida, nuestra experiencia contemporánea como espectadores de pantallas portátiles termina por aniquilar esa nostalgia y refuerza la idea de que lo que vemos ahí se ahogó ya, irremediablemente, en la marea de los tiempos. La ironía del asunto me va a quitar el sueño, al menos, hasta que la vuelva a ver.

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