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Lleva más de una década sorprendiendo como guionista y como directora. “Vuelven” la consagró y atrajo miles de miradas. Ahora, Issa López está a punto de cambiar las reglas del juego. Esta es su historia.

Por Sergio Huidobro

 

Género: la palabra, una de las más presentes en las discusiones de nuestros días, tiene más de un significado para Issa López. Para la directora de Vuelven (2017), Todo mal (2018) y coguionista de 600 millas (2015) o La boda de Valentina (2018), hablar de género es hablar de fronteras a derribar, lo mismo si habla de cine o de mujeres. Con la misma facilidad con la que salta del terror al thriller o del drama social a la buddy comedy, Issa transita de personajes femeninos o masculinos con la misma habilidad para describirlos y trazar sus historias.

Platicamos con ella mientras trabaja día y noche en Los Ángeles, en la antesala inmediata de lo que pinta para ser una cadena de éxitos y proyectos espectaculares. Actualmente, desarrolla un proyecto para Paramount, Three Sundays, relacionado con la música. En la mañana en que conversa con Sector Cine, está poniendo punto final al tercer tratamiento del guion y se prepara para rodar este año.

Al mismo tiempo, acaba de cerrar trato con Legendary Pictures para escribir y dirigir un ambicioso thriller de venganzas sobrenaturales, mientras trabaja en el primer tratamiento de una película producida –nada más, nada menos– por Guillermo del Toro.

Vuelven – Videocine

Tu carrera ha sido notoria lo mismo como guionista que como directora en México. Hoy es 8 de marzo y quiero empezar haciéndote una pregunta obligada, quizá un poco trillada: ¿cómo describirías tu trayecto en esta industria, siendo mujer?

No es una pregunta trillada; es una que se hace muchas veces, pero que en este momento es importante. Los paradigmas de México, del mundo y de la industria están cambiando a toda velocidad, y por eso es pertinente seguir formulándola una y otra vez, porque la respuesta cambia al mismo ritmo, siempre es diferente. Al inicio de mi carrera me asumí como escritora porque la escritura es una zona en la que la pertenencia como mujer ha sido más natural, de alguna forma.

Para cuando yo entré a la carrera en el CUEC, la lucha consistía en ejercer la profesión y dejar constancia plena, firme, de la presencia de mujeres en todas las áreas. Pero las puertas ya habían sido empujadas y abiertas por la generación precedente; nuestra labor fue de refuerzo. Cuando yo empecé a hacer cine, las mujeres estaban presentes como escritoras o produciendo –Bertha Navarro, Cármen Armendáriz…– pero había muy, de verdad muy pocas, mujeres directoras. A mí, como guionista, no se me abrió ninguna oportunidad para dirigir mis propios libretos, mi propio trabajo, hasta que me hice yo misma un demo de 8 minutos en 35 mm de lo que sería Efectos secundarios (2006), mi ópera prima. Lo hice para presentar una prueba de que podía hacerlo, un cartel que dijera: “Sí, señores, yo dirijo.”

 

No es un proceso por el que tenga que pasar un hombre para dirigir su primera película. Al menos, no en función de su género…

No, para nada. Siendo justa, también hubo varios hombres en este camino para los que mi capacidad para dirigir nunca fue una condición de ser mujer u hombre. Por otra parte, también es cierto que al interior de la industria, como en cualquier otra actividad, existe un ambiente de camaradería entre hombres que ni siquiera es criticable, sino natural; nosotras tenemos nuestra propia camaradería, el asunto es que la proporción masculina es mayor en los puestos de decisión; sencillamente, son más. Incluso si no es intencional, termina por constituir una barrera. En consecuencia, las mujeres de cine tenemos como única arma para abrirnos paso lo que dice de nosotras nuestro trabajo, y no el hecho de que nos juntemos a hablar de futbol o que empedemos juntas con quienes podrían financiar o aprobarnos un proyecto.

 

Imagen promocional para Todo mal – Videocine

Ya que entras en ese terreno, ¿existen condicionantes derivadas del hecho biológico de ser mujer que se traduzcan en desigualdades al interior de la industria?

Si, por supuesto. Más de una de mis compañeras de generación ha tenido que interrumpir ese proceso de tocar puertas porque decidieron ser madres; yo elegí no serlo, me imagino que porque no me dio tiempo; mi pasión por el cine era tal que me di cuenta muy pronto que si no me subía a este tren rapidísimo que estaba en movimiento, que no se iba a detener para que yo abordara, o si descansaba un momento de esta labor de picar piedra todos los días, nunca iban a pasar las cosas que pasaron. Un hombre no detiene sus proyectos en marcha o deja de dirigir ni producir una película mientras espera ser padre, mientras una mujer sí se ve orillada a hacerlo en muchos casos.

 

¿Quién es para ti una mujer fundamental en la historia del cine mexicano?

Esta mañana estuve releyendo y recordando la historia de Matilde Landeta, esa pionera que se acercó al cine debido a que su hermano era actor y a ella la atraían todas las profesiones que veía reunidas en el set. Comenzó a trabajar en el medio, primero como continuista, que a pesar de ser una posición subordinada, significó un pleito con el sindicato ya que no era un área natural para una mujer, como si se consideraban el maquillaje o vestuario. Cuando quiso ser asistente de dirección, le cerraron las puertas y, literalmente, para presentarse ante el sindicato, llegó vestida de hombre con un bigote pintado. Al final lo logró, y llegó a dirigir y escribir sus propias películas, pero estas fueron boicoteadas permanentemente. Esas son las pioneras y su lucha tremenda no tiene nada que ver con la que yo hice.

 

Casi divas – Columbia Pictures

Sé que, entre guión y guión, eres una espectadora constante y rigurosa de cine mexicano. ¿Con qué frecuencia encuentras ahí personajes femeninos que te gusten, que te resulten cercanos, veraces, tridimensionales?

Creo que como cualquier otra industria de cine en el mundo, en México conviven varias formas de consumo de películas: las de consumo comercial, relativamente masivo; las otras que apuntan a nichos más específicos, y por otro lado el cine de autor. Es saludable que existan todos. Una fórmula ideal es que el primero, de consumo masivo, busque siempre nuevos caminos en vez de repetir la misma fórmula. Eso es peligroso, y pasa tanto en el cine mexicano como, por ejemplo, en el cine americano de superhéroes, que ha acaparado tanto las pantallas como el dinero de los estudios, reduciendo de forma drástica la producción de ese cine interesante americano, de tamaño medio,que permitía a muchos cineastas realizar películas que encontraban buenas audiencias y que, sobre todo, nos daban diversidad con calidad.

 

¿Esta cadena, para ti, empieza en el público o en los productos?

Estas películas, si funcionan, lo hacen porque conectan de alguna forma con un sector de la audiencia. El público no las consume por torpeza jamás, consume lo que necesita consumir, y hay razones sociales, económicas, políticas y culturales muy complejas detrás de esas necesidad. En México pasa lo mismo con las comedias sentimentales, de promoción de valores, este tipo de cosas. Son monolitos de repetición que se repiten hasta que dejan de funcionar, y cuando esto sucede, cuando son exprimidas hasta la saciedad, matan industrias.

Los personajes femeninos conectan con las audiencias por razones que son igual de diversas, la prueba es que un personaje basado en estereotipos también puede conectar, personajes cuya función es más bien satisfacer ciertas comezones. Que sean tridimensionales o no ya es una cuestión más compleja, y es una realidad evidente que el éxito de taquilla de una película nunca está en función de lo complejos que son sus personajes.

Mi creencia y apuesta, en todo mi trabajo, ha sido el desarrollo de personajes femeninos complejos. Habrá quien piense que lo he logrado y habrá quien piense que no, pero creo absolutamente en la necesidad de que el cine comerciales apueste por personajes femeninos con más dimensiones, y en consecuencia más reales. Que sean personas vivas, que respondan por si mismas y no por mecanismos de guión.

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