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Dos soldados enmascarados en La libertad del diablo

La libertad del diablo: Entrevista con Everardo González

Por: Foto: Artegios 21. Jul. 2017
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El nuevo trabajo del aclamado documentalista mexicano se presenta como parte del Foro 37 de Cineteca Nacional.

La libertad del diablo (2017) del documentalista mexicano Everardo González, conocido principalmente por Los ladrones viejos (2007) y Cuates de Australia (2011), se estrenó en el pasado festival de cine de Berlín y ahora en cines comerciales.

El documental expone las consecuencias de la llamada guerra contra el narco, desde diversos puntos de vista; hay testimonios de víctimas que perdieron a sus familiares, victimarios que jalaron el gatillo por dinero, policías que han decidido hacer “justicia” por propia mano ante la impunidad, y militares que alguna vez siguieron órdenes del crimen organizado. 

A diferencia de otros documentales recientes sobre el tema, como Narco Cultura (2013)Tierra de cárteles (Cartel Land, 2015)La libertad del diablo es un filme minimalista de corta duración (74 minutos). González simplemente nos muestra los rostros de sus entrevistados, cubiertos por una máscara, mientras cada uno nos comparte su realidad. Solo esto se necesita para que La libertad del diablo sea una de las experiencias cinematográficas más poderosas de los últimos años. 

Para conocer más sobre este importante documental, Sector Cine charló con el director Everardo González.

¿Cómo surge tu interés por filmar La libertad del diablo

La razón por la que hice esta película tenía que ver con una obligación moral que yo tenía con el documental. Durante todo el periodo de Felipe Calderón yo me preguntaba ¿qué película podría retratar lo que estaba pasando?, pero sentía que estaba sucediendo demasiado y que había poco espacio de reflexión. 

Lo que realmente lo detonó fue cuando los medios se empezaron a referir a los asesinatos de civiles como daño colateral. Un libro que escribió una amiga también me motivó: Fuego cruzado de Marcela Turati, el cual hacia un testimonio de gente que estaba involucrada con el tema de la muerte y cuestionaba mucho el manejo en los medios. 

Las platicas con los amigos, la gente conocida que fue asesinada, la relación que tengo con la organización Mexicanos en el Exilio, hablar con gente que está escondida con miedo, y la idea de que un documental es relevante para el futuro, no obligadamente para el presente. El testimonio se mantiene para que esto no se olvide. Esos son los motivos por los que hice esta película. 

¿Qué tan complicado fue proponer un documental diferente a lo que se había visto, contado desde diversas perspectivas individuales? 

No quería hacer una película que tuviera un solo responsable. El coro de voz social siempre le grita al Estado su responsabilidad; para mí eso es como pedirle a Dios que llueva, es una abstracción, el Estado son muchas cosas pero también somos nosotros. Entonces yo buscaba que se diluyera esa frontera que hay entre una víctima y un victimario, y que contara que frente a una situación extrema todos somos capaces de cometer atrocidades. 

Un solo caso hubiera parcializado mucho la historia porque estaba experimentando con la idea de empatía. Es prácticamente imposible que uno se empatice con las víctimas; yo quería leer las posibilidades de ser empático con aquel que comete atrocidades directas. Era un riesgo complejo porque cruzaba bordes éticos complicados, pero yo no quería hacer una película simple. 

Realmente los productores solo confiaron en el trabajo previo que había hecho. No fue fácil. El proyecto se cayó más de dos veces pero jugó a favor el tiempo. 

¿Cómo es el proceso para lograr que estas personas se abran totalmente?

Lo más relevante es que sientan que hay un interés genuino. Procuro permitirles los silencios de reflexión o de memoria. Cuando ellos rompen el silencio vienen cosas complejas, porque hay introspección. La presencia de la máscara permitía mucha libertad; la máscara no era un elemento de anonimato sino una posibilidad de tener un registro más cercano a la verdad. Había un espejo y un telón negro, quien estaba frente a la cámara tenía la sensación de estar solo frente a un espejo. 

El proceso de introspección permitió que fuéramos testigos como espectadores de quizás el primer momento de reflexión de muchos de ellos. Está el hombre que ha sido incapaz de hablar sobre lo que le provocó la tortura y la vejación, y aquel que reflexiona lo que significa para él quitarle la vida a un niño. También permitió testimonios tan valiosos y poderosos para entender que pasa en esta sociedad, como una niña que se puede asumir como una torturadora por la necesidad de venganza; ahí radica mucho de lo que esta película cuenta, la cadena de venganzas que hace que no todo necesariamente recaiga en el Estado sino en la naturaleza humana. 

¿Qué sientes cuando te están compartiendo sus historias tan contundentes?

 Hacer la película es complicado emocionalmente.

Es una bomba llena de dudas; no solo es bajar el umbral de indignación, o borrar la indolencia, sino también es cuestionarse si lo que se está haciendo debe hacerse o no, si tengo o no derecho a compartir lo que me están confesando a mí, porque quizás para muchos de ellos – aunque tienen absoluto conocimiento de que estoy ahí con una cámara – la catarsis hace que no se tome conciencia de que eso será compartido con otros. Esta sensación de compartir un secreto es compleja, trastoca en lo emocional y en los conceptos éticos de hacer documental.

Otra cosa que me preocupaba mucho es que yo estaba haciendo una película que le quitara nombre y rostro a las víctimas, en un país que exige que les demos voz y rostro. Lo hablé con la gente de las organizaciones para conocer su opinión porque sigo pensando que el único juicio legítimo es el que ellos pueden tener, en el sentido ético de eliminar el rostro de las víctimas o equiparlo en algún momento con el de los victimarios. Cuando ellos estuvieron de acuerdo a mí me liberó mucho de esa preocupación ética. 

¿Hacia donde crees que se esté digiriendo la situación de la violencia en México?

El presente dice que esto va a seguir pasando. Mientras la justicia sea un evento que se paga, mientras la impunidad sea un derecho del poder, mientras el orden siga por la misma ruta en donde todo tiene un valor económico y la máxima aspiración de la gente sea tener y acumular; esto continuará. 

No veo otro escenario que no sea desolador, por lo menos hoy. Cientos de víctimas sin respuesta, más de 30 mil familias sin encontrar sus cuerpos, con una participación directa o indirecta de las fuerzas de orden público, de las autoridades… yo no encuentro otro escenario, no encuentro la belleza en esto a diferencia de otras películas. Para mí esto es atroz. Por eso también decidí hacer una película con muy pocos elementos, cruda, porque para mí lo que pasa no tiene nada de lírico.

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