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Hollywood, La Raza y varios más

Por: Foto: La Ciudad de México en el tiempo 31. Mar. 2019
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¿Era mejor ir al cine antes? Si eres una persona de “cierta edad”, intenta explicar a un millennial por qué cuando ibas al cine a veces era necesario gritar ¡Cácaro!

Por María Elena Noriega

Hoy ir al cine significa llegar a un centro comercial lleno de gente, recorrer un laberinto de tiendas y locales hasta el complejo donde te espera una sala más bien pequeña –muy cómoda e higiénica, eso sí–, para ver una película. Puede ser que esa cinta sea la que deseas ver específicamente, y para ello has comprado los boletos desde tu celular. Tienes hasta los asientos asignados y tiempo para detenerte en al vestíbulo a comprar alimentos chatarrientos y bebidas gigantescas.

También cabe la posibilidad de que vayas a la aventura y te plantes en la taquilla a estudiar la oferta. En ocasiones es verdad que eliges la película “menos peor” solo porque se adapta a tu horario. Como sea, entras y te sumerges en la magia del cine en un lugar limpio y fresco.

Tienes, incluso, la posibilidad de ver algunas películas en formatos diversos: 3D, 4D, IMAX, XD y Macro XE. Pero…

No siempre fue así.

Ir al cine en los años setenta u ochenta era, simplemente… ir al cine. ¿Suena a lo mismo? ¡Pero no! En esas no-tan-lejanas épocas los cines se ubicaban en grandes edificios de lugares céntricos y tenían nombre propio (Roble, Ópera, Lindavista, Manacar, Latino, Lido, Teresa, Diana), no el de la Plaza Comercial. Daban cabida, cada uno solito, hasta a 600, mil o cuatro mil cinéfilos (¡toma eso, “Macro Pantalla”!).

El Cine Latino, ubicado en Paseo de la Reforma, durante la exhibición de Gente como uno (Ordinary People) en 1980 – Archivo

Nadie esperaba una sala VIP con meseros que trajeran tragos hasta tu lugar. Era algo impensable, con entradas que costaban $4 pesos a principios de los setenta, y $25 pesos diez años después.

Para comprar los boletos debías hacer fila en la única taquilla del lugar, localizada justo a la entrada (algo así como lo que todavía ocurría hace un par de años en la Cineteca Nacional). Al pasar te recibía la dulcería, una vitrina luminosa que mostraba algunos productos como chiclosos cubiertos de chocolate, Pon Pons, copas de helado Holanda (sí, con cucharita y toda la cosa), muéganos y gaznates. También podías comprar palomitas sencillas y refrescos, todos del mismo tamaño (lo que hoy sería menor al pequeño… algo así como un ‘XXS’).

Al entrar a la sala el reto era encontrar el mejor lugar posible y poner “changuitos” para que quien se sentara enfrente no fuera alto o voluminoso y te tapara la visión, a pesar de que las pantallas eran grandes en serio.

Hay la creencia de que los cines de antes eran sucios. No es una leyenda urbana: lo eran. El piso solía estar pegajoso, el ambiente caluroso y el olor no siempre era agradable. Los asientos de algunos cines estaban desvencijados y eran, por decir lo menos, incómodos.

Pero cada cine tenía su personalidad definida por factores como el rumbo, la arquitectura, la decoración o el telón que se abría para dar paso a la proyección. Lo que tenían en común era que había intermedio. Sí, a la mitad de su duración, la película se interrumpía, se prendían las luces y en pantalla aparecía un letrero infalible: “Visita nuestra dulcería”.

El Cine Diana, hoy Cinépolis Diana, durante la exhibición de Aeropuerto 1980: El concorde (Airport 1979), en 1980 – Archivo

De la singularidad a la despersonalización

Los cines, digamos, “unitarios” de antes tenían su encanto, aunque también muchos inconvenientes.

Los de ahora, agrupados en complejos para ofrecer una supuesta mayor oferta, son uniformes. El que se ubiquen en grandes centros comerciales no es moda ni casualidad, sino un esquema bien pensado para ofrecer al público ocio y consumo en el mismo lugar.

En el camino entre un modelo y otro se ha ganado comodidad, es verdad, y todos lo celebramos, aunque para ver una película a la que le traemos muchas ganas tengamos que recorrer un laberinto de consumo y desembolsar más dinero que antes. Así que vete bien preparado para desembolsar una buena lanita por ese Combo-Mega-Cuates-Familiar-Light-Avengers-Endgame.

***

Un dato: el cácaro era la persona que proyectaba la película desde un cuartito en la parte trasera-superior de la sala. Y le gritábamos así –un auténtico grito de guerra– para hacerle ver que la película estaba desenfocada; el sonido, chafa; o cuando la cinta se trababa y se quemaba algún pedazo. Y no: el más célebre de todos los cácaros no es Gumaro, sino Alfredo, de Cinema Paradiso.

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