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El Dr. Pablo Morales mirando un esqueleto

‘El esqueleto de la señora Morales’ o la condenable simpatía con el asesino

Por: 15. Jul. 2020
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El personaje perfectamente escrito por Luis Alcoriza nos enfrenta con nuestro yo más sombrío; ¿cuánto terror estamos dispuestos a soportar antes de explotar?

Un hombre con expresión parca atraviesa la puerta que separa a la calle de su casa. Avanza por el patio y en menos de lo que puede voltear la vista, en lo alto de las escaleras hay un cura, quien desde su púlpito improvisado le reclama los maltratos a la santa de su esposa, mientras le señala las impurezas de su trabajo: matar animales para luego disecarlos.

 

El hombre, ya con sonrisa burlona, debate audazmente las acusaciones y habiendo ganado la partida de palabras —e impurezas—, ve al cura largarse mientras toma un respiro para enfrentar lo que viene: su mujer postrada en la cama

 

Para ese hombre, Pablo Morales, la tragedia no es tragedia, sino la artimaña de un Dios vengativo en el que nunca ha creído pero que su esposa, Gloria Morales, se ha empeñado en restregarle de todas las formas posibles. 

 

Ya en la habitación, escucha harto la frase de siempre: “el dolor lo da Dios y sólo él puede quitarlo”. Con la intención aniquilada, no hay más insistencia en que Gloria tome una aspirina para soportar los dolores físicos, esos que se niega a abandonar porque con ellos hace penitencia.

 

Y así comienza El esqueleto de la señora Morales (1960), obra maestra de la Época de Oro del Cine Mexicano, perfecta representante del cine negro y joya de la cinematografía de Rogelio González. La historia escrita por el brillante Luis Alcoriza, está basada en el cuento ‘El misterio de Islington’ de Arthur Manchen, escritor galés de finales del siglo XIX que hizo de lo cotidiano el escenario perfecto para el terror fantástico y sobrenatural. El dato de su origen no es ocioso sino un aviso encendido para no ir en la dirección equivocada a la hora de juzgar su trama. ¿Por qué? La sinopsis de la película lo adelanta:

 

Pablo Morales (Arturo de Córdova) es un taxidermista que ama vivir. Come y bebe por placer y su trabajo lo motiva, además adora a los niños y su mayor anhelo es tener un hogar feliz como cualquier otro, pero ese deseo optimista de felicidad se ve constantemente enfrentado al fanatismo y la amargura de Gloria (Amparo Rivelles), su mujer, quien a pesar de su belleza física, vive amargada, obsesionada con la pulcritud divina y acomplejada por un defecto en la rodilla. 

 

La vida en su casa tenebrosa y oscura, llena de animales disecados, ambientan el escenario perfecto para que Gloria, envalentonada en su pensamiento religioso y protegida por el cura de la colonia y las chismosas de la cuadra, castre constantemente a Pablo, quien con el paso de los años se ha convertido en una bomba de tiempo esperando explotar y terminar, de una vez por todas, con los rituales de la bruja que eligió como esposa.

 

Ese hogar tiene una arpía

“El hombre juzga al crimen según su conveniencia”, dice Pablo Morales a sus tres amigos borrachos en una plática de cantina, adelantando sin querer el dilema ético que hoy pone en posición incómoda a quienes gozamos de la idea del esqueleto de la señora Morales exhibido en una vitrina. 

 

“¡Es un feminicidio!”, “¡Quiten esa película de mi vista y mi catálogo!”, hoy podría ser una reacción posible a la sinopsis de la película, pues ante la sola idea de un asesinato doméstico por mero placer cínico, encender las alarmas de sed de justicia sería lo correcto. Pero no habría trampa más cruel, injusta y boba que la de una cancelación apresurada. 

 

Más vale entonces abandonar la idea juzgona de: «¡Esa película hoy no podría ser filmada!».

 

Y es que contrario a lo que nos dicta una elocuente sed de justicia, el asesinato de Gloria Morales no se acerca en lo más mínimo a un feminicidio. Parece raro, pero es cierto que a la película hicieron Rogelio A. Gonzalez y Luis Alcoriza se le aplaude no lo que propone sino lo que critica.

 

El esqueleto de la señora Morales no es una historia con princesas, esto no es la bella y la bestia, sino un cuento de terror despojado de adornos ridículos de bondad y belleza. Aquí los protagonistas gozan de su respectiva dotación de miserias y exhiben a la menor provocación su tesis más sólida: el amor es un error, así que no hay más remedio que matarlo.

 

Y todos picamos el anzuelo al empatizar con el villano menos malo, porque en este escenario sólo cabe una misión: ¡acaben con la bruja! Y así, de la mano del victimario más discreto, gozamos un poco de éxtasis justiciero que bien puede recapitularse desde la narración de la bruja envenenando a Blanca Nieves:

 

“Ni bien hubo tomado en sus labios un pedazo de manzana (polla con jerez), cuando cayó al suelo como muerta. Y la bruja (el marido), lanzando sobre ella una mirada terrible, soltó una carcajada”.

 

Porque contra todo prejuicio, Pablo Morales no mató a su mujer, sino a su pequeña arpía del hogar, esa que aguantó por 15 años. No hay que ser un genio para entender que la señora Morales era una bruja de casa común, aferrada a la fealdad de su pierna deforme para justificar el menos vil de sus actos, y en espera de que debajo de todo lo podrido que hay en ella, exista una redención divina por sus golpes de pecho. Pero sorpresa: ¡no la hay! 

 

No es un descubrimiento decir que matar nunca dio virtudes a nadie. Un asesino es un asesino, aunque eso implique despojarnos del gozo momentáneo de nuestro yo más sombrío; porque tras el veneno en el vaso, no es suficiente estar satisfechos con el fin de la arpía.

 

¿Existe el crimen perfecto? Pablo tenía razón en apostarle al sí, aunque se equivocó en el método, porque el crimen perfecto no es para los hombres que tiemblan y ríen a la vez; no todo se trata de un juego donde el hombre viola sus propias leyes y sale triunfante después de ser juzgado y absuelto. Quizá el crimen perfecto es acabar con el mal, aunque eso implique terminar con uno mismo.

 

El esqueleto de la señora Morales

México, 1960

Dir. Rogelio A. González

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