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Director de la semana: Michael Haneke

Por: Foto: 04. Jul. 2018
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Incómodo, polémico y fascinante, el cineasta europeo estrena película en la cartelera mexicana. Pero ¿quién es en realidad?

Por Carlos Ochoa | @Charles_Ryder

Íntimo, franco y brutal. Oscuro, violento y provocador. Crítico, frío y atrevido. Estos son algunos de los mejores adjetivos para describir la filmografía de uno de los directores europeos más queridos y respetados del cine contemporáneo: el austriaco Michael Haneke, cuya nueva y esperada película Un final feliz (Happy End, 2017) llega a carteleras mexicanas este 6 de julio, después de haber recorrido el Festival de Morelia (FICM) y la pasada Muestra Internacional de Cine.

Su filmografía cuenta con 12 largometrajes que le han valido múltiples premios y reconocimientos internacionales en Cannes (dos Palmas de Oro), los Óscar y César a nivel de dirección, guion y actuaciones, para las cuales ha trabajado varias veces con los mismos actores (como Isabelle Huppert, Juliette Binoche y Jean-Louis Trintignant) en una filmografía sin fronteras que abarca, hasta ahora, el alemán, francés e inglés.

Nacido en Munich, Alemania en 1942, Haneke ha trabajado en cine, teatro y televisión, además de ser profesor de dirección cinematográfica en la Universidad de Viena. Durante su juventud se desempeñó como crítico de cine, editor y guionista y podríamos decir que su debut como cineasta llegó en una edad ya madura: tenía 45 años cuando filmó El séptimo continente (Der siebente Kontinent, 1989), una película sobre el suicidio de una familia de clase media para la cual se inspiró en una historia real tras haberla leído en el periódico.

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Este filme marcaría las principales tendencias estilísticas de Haneke: largas tomas para fortalecer la inmersión del espectador en el entorno de los personajes, alternadas con primeros planos de los mismos para acentuar su focalización; un controversial realismo prefabricado que sirve de pretexto para enlazar con el mundo real y un cierto uso de la simetría. También le serviría como vehículo para plasmar sus intereses temáticos: la disección y crítica de una situación social, particularmente la familia, por medio de imágenes y situaciones cargadas de violencia tanto gráfica como emocional, una inquietud que continúa explorando hasta el día de hoy.

La filmografía de Haneke puede dividirse en dos etapas. Durante la primera, tras su debut, le dio prioridad a la brutalidad psicológica y llegó a acercarse incluso al género del horror con propuestas controversiales como El video de Benny (1992) sobre un adolescente cuya obsesión por la vida virtual es alimentada por sus padres con devastadoras consecuencias, o 71 fragmentos de una cronología del azar (71 Fragmente einer Chronologie des Zufalls, 1994), que incluye un tiroteo masivo en un banco y con la que cierra, en sus propias palabras, su “trilogía glacial”.

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A esta la seguiría una de sus películas más viscerales: Juegos sádicos (Funny Games, 1997), en la que utiliza la tortura que sufre una familia de vacacionistas a manos de un par de jóvenes psicópatas para hacer un comentario sobre el morbo del entretenimiento violento y la postura del espectador al usar sus personajes para romper la cuarta pared y evidenciarlo como una persona sin poder, frustrada y dividida por lo que ve en pantalla y lo que en realidad desea que ocurra.

Estos primeros proyectos muestran a un Haneke poco sutil, explícito y con poca contención que se acentúa por su estilo ya establecido, pero aún sin pulir que llegaría a su cumbre en 2001 gracias a La pianista (La pianiste, Francia-Austria-Alemania), basada en la novela homónima de Elfriede Jelinek, y que cuenta la historia de una maestra que mantiene una relación sadomasoquista con un alumno. La pianista le valió a Haneke el Gran Premio del Festival de Cannes de ese año, así como los equivalentes actorales para sus protagonistas, Isabelle Huppert y Benoît Magimel.

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Es a partir de este triunfo y después con El observador oculto (Caché, 2005), que le valió el premio a Mejor Director en Cannes y numerosos galardones en Europa, que Haneke empieza a diluir sus imágenes gráficas al adquirir una mayor contención en su atmósfera dando paso a imágenes igual de inquietantes y violentas, pero cuya representación no es lo más importante en pantalla, sino su origen a partir de la tensión y el proceso psicológico de los personajes. Es el caso de sus trabajos El listón blanco (Das weiße Band, 2009), que en sus palabras “explora el origen del mal, ya sea por causas religiosas o políticas”, sobre una familia del norte alemán antes de la Primera Guerra Mundial y que ganó la Palma de Oro en Cannes; y de su considerada obra maestra Amor (Amour, 2012), donde vemos a un Haneke intimista, en total control de su técnica inteligentemente utilizada para explorar el concepto del amor, la cercanía y la relación de pareja, así como las implicaciones de la vejez y la muerte en sus protagonistas bajo una fría perspectiva que le valió el Óscar a Mejor Película Extranjera y el César a Mejor Director.

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Su influencia como parte del cine europeo ha servido para el impulso creativo de cineastas de nuevas generaciones, entre ellos algunos pertenecientes al Cine Mexicano, como Michel Franco y Amat Escalante. En Chronic: El último paciente (Chronic, 2015), Franco utiliza primeros planos similares a los de Haneke para intensificar la soledad y la depresión del protagonista, así como el entorno desolador en el que trabaja como cuidador de pacientes terminales. Además, Franco examina su vida con la misma frialdad y distancia del austriaco, sin frenarse al presentar momentos íntimos de gran incomodidad para el espectador o imágenes impactantes con inesperadas reacciones no tan alejadas del horror. También busca una reacción de incredulidad, como ocurre en Las hijas de Abril (2017) con las erráticas y contradictorias decisiones de la protagonista. Por su parte, Escalante emplea una crudeza y distancia similares para retratar el violento círculo vicioso en el que se ven atrapados los personajes de Heli (2013), cuya escena de tortura desdobla matices del Haneke joven con una tensión similar a la de Juegos sádicos y otras escenas tortuosas del austriaco. La región salvaje (2017) también se ve beneficiada de la intimidad del Haneke moderno para diseccionar el entorno de prejuicios, abuso e impotencia en el que viven Alejandra, Ángel y Fabián.

Por lo pronto, Haneke regresa tras cinco años de ausencia con la que hasta el momento es su propuesta más contenida y más directa en cuanto a crítica social, y que presenta una especie de recopilación temática y de personajes de varios momentos de su carrera. Un final feliz cuenta con las actuaciones de Isabelle Huppert, Jean-Louis Trintignant, Mathieu Kassovitz y Fantine Harduin, y estará en cartelera en las renovadas Salas de Arte de Cinépolis y en la Cineteca Nacional.

Y ustedes, ¿conocen más de la filmografía de Haneke? ¿Cuál es su película favorita del director?

 

             

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